No hablo de quién decide mejor.
Ni de liderazgo femenino o masculino.
Hablo de algo que me ha llamado la atención en dos experiencias profesionales muy concretas que he vivido y he vuelto a recordar en una reciente conversación de sobremesa.
Ante exactamente el mismo problema y la misma propuesta, ellos y ellas parecían estar viendo riesgos diferentes.
En ambos casos, los propietarios de la pyme alimentaria eran una pareja.
En el primer caso, él contactó conmigo porque necesitaban aumentar la productividad de la planta.
Vendían mucho en sus propios establecimientos y trabajaban jornadas interminables para atender la demanda; además no estaban muy seguros de si hacían bien las cosas desde el punto de vista sanitario.
Preparé una propuesta para mejorar la eficiencia de la fábrica y la seguridad alimentaria.
Ella vio enseguida lo que podían ganar. Si es por ella aceptaban.
Él vio con más claridad el riesgo de invertir y cambiar.
𝐄𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐲𝐞𝐜𝐭𝐨 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐡𝐢𝐳𝐨.
Tiempo después me ocurrió algo parecido.
Esta vez me llamó ella. Estaba desbordada.
Su marido trabajaba prácticamente a destajo, ella no daba abasto con sus tareas y la familia, había conflictos con la fábrica y el marido sentía que la empresa no funcionaría sin él.
Mi propuesta fue más profunda: cambiar el modelo organizativo para reducir progresivamente la dependencia de ambos y profesionalizar la gestión.
De nuevo, ella veía el coste pero también el escenario posterior. Si es por ello aceptarían.
Él pensaba en que acababan de invertir en instalaciones y no quería asumir otro riesgo económico.
𝐓𝐚𝐦𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐬𝐞 𝐡𝐢𝐳𝐨.
Aunque solo son dos casos, la pregunta parece obvia:
¿Hombres y mujeres están valorando el mismo riesgo cuando toman determinadas decisiones empresariales?
Existe abundante investigación según la cual los hombres, como promedio, aceptan más riesgo que las mujeres
Parece que estos casos desmontan dicha investigación
¿o no?
Quizá estén mirando riesgos distintos.
Uno puede preguntarse ( en este caso el marido)
¿Qué me cuesta hacer este cambio?
Y otro ( la mujer)
¿Qué nos costará dentro de tres años no hacerlo?
El coste de actuar ahora suele verse muy bien: dinero, tiempo y miedo a equivocarse
El coste de no actuar es más silencioso: continuar agotados, con conflictos, con ineficiencias, con una organización que depende excesivamente de los propietarios y sin tiempo para pensar en cómo preparar la empresa para el futuro.
¿Qué observas tú en tu experiencia?
¿Hombres y mujeres toman decisiones empresariales de manera diferente?
¿Estás de acuerdo en que los hombres aceptan más riesgo que las mujeres?

